Puedo decir, que Santiago ya no tiene el mismo olor, ni el mismo color. Ahora es un montón de cubos de cemento apilados. Ya no hay brisa ni calor. Ahora es insípido como todas las partes del mundo.
La dulzura se va apagando paulatinamente de mis labios, y empiezo a escuchar discursos funebres en mi cabeza. El recuerdo de su mano contra mi hombro y mis lagrimas rodantes parecen ajeno a mi realidad. Mis dedos apenas se mueven del cansancio. Y yo? Yo me empiezo a dar cuenta de lo que en realidad soy después de dos años de alucinógenos.

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