Que penosa y dificil misión tengo hoy día: Despedir al hombre que alguna vez amé.
Cómo te puedo despedir, amigo mio? Cómo hacerlo de la manera que te lo mereces.
Fuiste mi compañero de jugos de manzana y bebidas a media tarde. El que me acompañaba a comprar y era capaz de tomar desayuno conmigo a medio día solo porque se me antojaba un pedazo de torta. El que me elegía los zapatos y potenciaba la compradora compulsiva que llevaba dentro.
No recuerdo haberte dicho lo que significabas para mi. Aveces cometo el error de exigir palabras cuando estas sobran y las omito cuando faltan.
Reaccione tarde, me di cuenta que te estabas muriendo justo cuando diste el ultimo suspiro, y aquí me tienes, al lado de tu lecho de muerte, tocando por ultima vez tu piel canela, y tratando de acercarme lo que no me acerque en meses por el miedo a perderte. Y te escribo, lo mejor que puedo cuando me estoy muriendo contigo, y te trato de dar lo que nunca pude darte como te lo merecias.
Como decirte sin caer en lo cliché romántico cuanto me haces falta. No hay razones para olvidarte, pero hay menos razones por la cual no hacerlo.
No sabes cuanto te extraño, pendejito mio. No sabes cuanto te extrañaré.

