sábado, 21 de abril de 2012

Los pelos se erizaron rápido y sin previo aviso. Fue suficiente ver la foto para correr escaleras abajo y sentarme en la silla con un dolor espantoso de estomago. Mis entrañas se movían, sonaban y se hinchaban velozmente. Algo empezó a escalar por mi esófago y llegó a mi boca un sabor salado, a pescado. De pronto empece a vomitar arena, y agua de mar; Corría por el pasillo y al chocar con la pared se creaba espuma. La salinidad del agua y el roce de la arena empezaba a lastimar mis labios y mi garganta. Dolía mucho. Me agarraba el pelo con fuerza con ambas manos. No era capaz de soportar tanto esfuerzo. Mis músculos del abdomen estaban totalmente contraídos; sentía cada uno de ellos, incluso los movimientos peristalticos de mi estomago. Después de unos minutos, ellos cambiaron. Mi estomago no se movía igual. Sentí la garganta apretada, no podía respirar, y comenzaba a ahogarme. De repente, de mi boca salió una trucha gigante, y luego otra, y otra y otra. Caían al agua que para ese entonces me llegaba a la cintura. Esto estaba mal, tenía que hacer algo. Así que con la fuerza que me quedaba, me levante de la silla, y tras haber vomitado una veintena de peces más, caminé hacia la puerta deseando que todo esto se fuera, me dejara. Luche contra los peces que yo había engendrado, los que habían tocado mi boca. A penas toque la manija de la puerta, y la abrí, el agua salió apresurada hacia el jardín, para llegar luego a la calle, donde sería libre de nuevo. Los peces nadaban felices. El agua salia y salia, y nadie lo detenía. Yo miraba atónita. Los pescados ya no salian más por mi boca y todo estaba perfecto. Todo salia y ya no volvería.