No sé muy bien que es lo que me pasa en mi interior. Me estoy dando cuenta de que las flores de mis manos se están abriendo, y que desde la planta de mis pies salen pequeñas raíces Mi corazón ahora tiene alas nuevas, renovadas; así como una piel de serpiente que cambia de etapa. Mi estomago ya no tiene fondo y en mi espalda se dibuja un piano para que puedas aprender a tocar en él.
Quizás quiero sentarme a escuchar Beethoven contigo hasta el resto de la eternidad, mirando los arboles y la lluvia que los baña, los pájaros que se divierten, mientras tu estrangulas mi mano, queriendo que ellas se fusionen. Quizás ya lo están, y no es necesario tanto esfuerzo.
Puede que quiera salir corriendo, esconderme en los rincones más extraños del mundo. Recorrer mercados, calles y paseos. Ver la torre Eiffel, los canales de Venecia los cuadros del Louvre, tomarme un café en la orilla del Sena, y prender un cigarro. Eso sí, contigo. Para que me protejas de los ladrones, te rías de mis comentarios sobre las cosas, y para que me obligues a apagar el cigarro porque me estoy matando.
Tal vez me compre un terreno, y críe vacas, las ordeñe con amor y haga quesos y mantequillas. Me levante temprano y haga fuego, ponga la tetera en la cocina a leña, y haga el pan para el desayuno. Y cuando llegues, yo te tenga todo servido, la mesa rústicamente puesta y un beso de buenos días.
No sé que quiero hacer, definitivamente. Pero hay algo que si sé: da lo mismo como cambie el escenario, la cosa es que siempre voy a ser dichosa, sea como sea, si tu estás para botarme mis pañuelos, apagarme los cigarrillos, reírte de mis inocencias, y arreglarme la chasquilla cuando caiga sobre mis ojos.
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