Hace frío. El primer día del año que siento mucho frío. Estoy contra la reja del supermercado y miro la calle. Hay un colectivo que me mira sin descanso para que lo aborde. No lo voy a tomar; no quiero tomarlo; pronto vendrán más. El conductor se va enfurecido, y acelera. Yo miro como se aleja, es un idiota.
Miro el suelo y hay un cigarro a medio consumir, aplastado y mojado por la lluvia. Me lo fumaría, encantada. Tengo tantas ganas de fumar que lo recogería del suelo y lo prendería, pero hay mucha gente y quién sabe que ha estado en el suelo junto con él.
Miro la calle mojada y las luces de los autos que se reflejan en el pavimento. No viene ningún colectivo que me sirva. Poco importa. El frío me es tan agradable. Hay gente que ríe un poco más allá en el paradero. En mi cabeza hay palabras, cafés, ganas de fumar, de desaparecer, un poco irme a la mierda. Y sin más preámbulo dos gotas calientes corren por mis frías mejillas. ¿Estoy llorando? No. No puedo llorar. Son sólo dos gotas traviesas que han decidido darse a la fuga. Las limpio con mi mano derecha con un movimiento rápido, como si me estuviera tocando la cara porque sí.
Miro la calle. No viene nada.
viernes, 3 de mayo de 2013
lunes, 8 de abril de 2013
Tiempo
El tiempo corre y tras él se va rompiendo el puente de paja y cartón que no soporta el cause natural del agua. En los segundos hay pedazos de papel picado, colillas de cigarro y planes nunca llevados a cabo. Hay también hojas secas, baba de perro y lagrimas rojas. Dejan un sendero que facilita el retroceso hacia las hojas del árbol que te crece en el pecho. Empiezo a recordar las horas exactas, con sus segundos y milésimas; con las fotos correspondientes y la comida en la boca.
Hay espacio. Mucho. Demasiado. Hay una brecha gigante entre tu vereda y la mía, entre tus segundos y los míos, entre mis verdades y tus mentiras.
El atardecer eterno entra a mis ojos directo, sin mucho entendimiento, sin muchas ganas de ser entendido tampoco. Las ultimas veces son múltiples y de cuando en vez sólo hay 3 minutos que nos separan de la conexión perpetua. El tiempo tuyo es tan distinto al mio, que tú estás en un auto y yo estoy mirando el fuego que me ha entregado Prometeo. El tiempo, el tiempo. El puto tiempo que a mi me pasa tan lento, frío, distante y tan ajeno, que provoca tan poco cambio y me vomita en la cara con gusto, sabiendo que en mi no pasa. Y le doy cuerdas a los relojes para que pase cerca mio, mas los relojes se paran y no dan la hora. Y me quedo en mi casa atemporal, donde la vida no pasa, y el tiempo tampoco; donde ya la gente no llama a la puerta y sólo tira cartas por debajo.
jueves, 14 de marzo de 2013
Capricho
Con las manos rojas en sangre, trazo la hoja que contiene el
capricho que me ha atormentado las noches,
y los cigarros de la mañana. Un capricho que no es más que dedos
quemados deliberadamente por la siquis asquerosa de una mujer consentida. El
olor a engaño sube por mis pies cansados y descansa en la rodilla rota que
suele ser acariciada por las miradas. El pasto viene a mi mente, y los helados
de frambuesa y menta tocan mi paladar como recuerdos de la antesala de un
funeral caótico. Los análisis rondan mi cabeza y me cuestionan. Pienso y
pienso, y no llego a nada concreto para calmar el ardor de la quemadura. Una
masa de cuero y tendones me hace sentir culpable por ver con ojos de buitre el
tesoro oscuro y frio que descansa en el parque con un cigarro en la boca y las
manos temblorosas. Excusas baratas caen
de mi boca y la tarde se hace noche y yo me quedo esperando algo que jamás va a
llegar. Las cosas que no existen terminan por no llegar nunca. Prendo mi pelo,
y mi útero en señal de alarma. Arde, duele. Pienso, grito. Quizás me desangro,
quién sabe. Quién sabe si me estoy muriendo en un vaso de tequila por tratar de
ahogar las penas idiotas y pequeñas. Y el fuego empieza a traspasar mis entrañas y
me comienzo a quemar entera. Ahora no sólo arde mi estómago, sino que mi
espalda y mis muelas. Y me caigo de la nube en la que descansaba a un
acantilado eterno donde abundan las preguntas estúpidas y los sentimientos
mundanos.
jueves, 17 de enero de 2013
Alcántara
En la ventana miro las luces que pasan rápido por la avenida. El aire me choca en la cara y me besa las mejillas. Ese aire que es tan nuestro, que está tan dentro de nosotros dos. Mi ventana esta vez no mira el norte; pero mi corazón si lo hace. ¿Qué esperabas?¿Qué te dejara ahogarte en el alquitrán triste?
Recuerdo todos los caminos que hemos visto juntos, sentados esperando la nada, pensando en que ese era nuestro lugar, por muy sucio que pareciese y aunque toda la gente nos mirara asombrados porque nos envolvía una capsula anómica y atemporal, dónde pudimos ser lo que no podemos ser por meses y nos sentimos dichosos sin entender el por qué.
Recuerdo todos los caminos que hemos visto juntos, sentados esperando la nada, pensando en que ese era nuestro lugar, por muy sucio que pareciese y aunque toda la gente nos mirara asombrados porque nos envolvía una capsula anómica y atemporal, dónde pudimos ser lo que no podemos ser por meses y nos sentimos dichosos sin entender el por qué.
viernes, 11 de enero de 2013
Julio
Mientras prendes un cigarrillo con indiferencia, yo te miro
y contemplo tu barba poblada y tus ojos claros. La noche esconde algo para
nosotros, algo que por el azar que tanto te gusta no comprender, los dos lo desciframos
cuál juego de palabras. Te entiendo tanto, querido, que es imposible comprender
por qué no fuimos destinados a nacer uno al lado del otro. Te escucho y asiento
ante tus palabras. Me confirmas teorías que con sólo mirarte había formulado.
Es tan fácil quererte, pibe. Desde el otro lado de la cama me miras bajo la luz
del velador. Tu mirada dura se corresponde con tu voz profunda que sale de las
letras que formulaste hace años, y las repites hoy, para mí, sólo para mí, en
la tranquilidad de la noche tan llena de nosotros mismos. Me recuerdas a tantos, pero a la vez eres
único, y es quizás porque fuiste primero, y los demás son cómo tú. Me siento
viuda. Me dejaste antes de que en mi germinaran los peces que se mueren por
atacar tu cara y tu tristeza. El saxo suena a lo lejos, te llama, te extraña.
El métro también lo hace, mientras que en los clubes de box tus comentarios
están en la boca de los que alguna vez te escucharon (o trataron de entender lo
que decías). ¿Por qué? Yo sé que tú tampoco sabes, pero el dolor fue mayor, yo
sé de esas cosas. Te lo pregunto así no más, como para tener una excusa, ¿no? Como
para tener que ir a hablarte a casa y tocar tu puerta con un vino y algo para
fumar. Me desespero. No concibo el entenderte tanto, y tenerte aquí al lado de
mi cama mirando el techo. Te miro, y te tomo; sin permiso, como se debe, y
juego contigo como te gusta jugar a ti.
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