viernes, 11 de enero de 2013

Julio


Mientras prendes un cigarrillo con indiferencia, yo te miro y contemplo tu barba poblada y tus ojos claros. La noche esconde algo para nosotros, algo que por el azar que tanto te gusta no comprender, los dos lo desciframos cuál juego de palabras. Te entiendo tanto, querido, que es imposible comprender por qué no fuimos destinados a nacer uno al lado del otro. Te escucho y asiento ante tus palabras. Me confirmas teorías que con sólo mirarte había formulado. Es tan fácil quererte, pibe. Desde el otro lado de la cama me miras bajo la luz del velador. Tu mirada dura se corresponde con tu voz profunda que sale de las letras que formulaste hace años, y las repites hoy, para mí, sólo para mí, en la tranquilidad de la noche tan llena de nosotros mismos.  Me recuerdas a tantos, pero a la vez eres único, y es quizás porque fuiste primero, y los demás son cómo tú. Me siento viuda. Me dejaste antes de que en mi germinaran los peces que se mueren por atacar tu cara y tu tristeza. El saxo suena a lo lejos, te llama, te extraña. El métro también lo hace, mientras que en los clubes de box tus comentarios están en la boca de los que alguna vez te escucharon (o trataron de entender lo que decías). ¿Por qué? Yo sé que tú tampoco sabes, pero el dolor fue mayor, yo sé de esas cosas. Te lo pregunto así no más, como para tener una excusa, ¿no? Como para tener que ir a hablarte a casa y tocar tu puerta con un vino y algo para fumar. Me desespero. No concibo el entenderte tanto, y tenerte aquí al lado de mi cama mirando el techo. Te miro, y te tomo; sin permiso, como se debe, y juego contigo como te gusta jugar a ti. 

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