Con las manos rojas en sangre, trazo la hoja que contiene el
capricho que me ha atormentado las noches,
y los cigarros de la mañana. Un capricho que no es más que dedos
quemados deliberadamente por la siquis asquerosa de una mujer consentida. El
olor a engaño sube por mis pies cansados y descansa en la rodilla rota que
suele ser acariciada por las miradas. El pasto viene a mi mente, y los helados
de frambuesa y menta tocan mi paladar como recuerdos de la antesala de un
funeral caótico. Los análisis rondan mi cabeza y me cuestionan. Pienso y
pienso, y no llego a nada concreto para calmar el ardor de la quemadura. Una
masa de cuero y tendones me hace sentir culpable por ver con ojos de buitre el
tesoro oscuro y frio que descansa en el parque con un cigarro en la boca y las
manos temblorosas. Excusas baratas caen
de mi boca y la tarde se hace noche y yo me quedo esperando algo que jamás va a
llegar. Las cosas que no existen terminan por no llegar nunca. Prendo mi pelo,
y mi útero en señal de alarma. Arde, duele. Pienso, grito. Quizás me desangro,
quién sabe. Quién sabe si me estoy muriendo en un vaso de tequila por tratar de
ahogar las penas idiotas y pequeñas. Y el fuego empieza a traspasar mis entrañas y
me comienzo a quemar entera. Ahora no sólo arde mi estómago, sino que mi
espalda y mis muelas. Y me caigo de la nube en la que descansaba a un
acantilado eterno donde abundan las preguntas estúpidas y los sentimientos
mundanos.
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